Ya no busco horizontes estáticos
sino
el punto en donde el cielo
converge con el suelo.
Una realidad fabulada
pero no utópica.
Todo lo que hago,
todo de nuevo,
es un incendio reconfortante,
renovador,
necesario,
catártico
o sólo
un regalo de dolor a mi mismo.
Pero alguien
espera
a que despierte cada día
y prepare café
y ponga unas galletas en la mesa
y prenda la tele
y también música
para no prestarle atención a la tele
y poder bailar
ocasionalmente.
Y alguien más
espera otra cosa.
Pero ese alguien más no está.
Ni yo estoy
con brazos abiertos
esperando dar la bienvenida a despedidas.
Me llevo este cigarrillo que da risa
a la boca
y pienso en como es ser madre
y mientras el humo
es liberado de mis pulmones
y acaricia mis labios relajados,
veo mi imposibilidad
de ocupar ese lugar
pero honro.
Me conformo,
con las decisiones que puedo tomar
desde el faro
sin que nadie vea mi rostro.
Ya no frunzo el ceño
cuando es mi tiempo
de encender la linterna,
la ceguera temporal
me permite pensar
con más profundidad
en lo que tengo que hacer
para no dejar a mi naturaleza
ganarle a mi razón.
Guiando.
Admirando
este oficio solitario
que elegí
y sigo eligiendo,
hasta el resto de mis días.
En otro momento me hubiese asomado
gritando hacia el mar
si es que alguien sabe
que sigo acá.
Hace varias noches
no hay tormentas.
Estoy comenzando a olvidar
como hacer mi trabajo
a través de ellas.
Estrategias.
Movimientos.
Una paz desconocida
pero deseada.
Pienso en la obsolencia futura
de mi presencia acá.
Me preocupo lo suficiente
como para que parezca saludable.
Todo fantasmas
y otras rarezas cerebrales
hasta que decida que no existe
lo que no es presente.

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